Mapuche 09

Ceferino Namuncurá

Un santo Mapuche
Fragmento del texto por Celia Langdeau Cussen.

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La derrota de los caciques

La cordillera nunca fue considerada como una barrera por los mapuches y tehuelches, que la cruzaban libremente durante la época colonial. Este constante cruce de indígenas por los Andes contribuyó también a lo que se dio por llamar “la araucanización de las pampas”: los mapuches implantaron ciertos aspectos de su cultura – como su lengua, el mapudungún- entre los tehuelches, y adoptaron a su vez los toldos y las boleadoras que se usaban en las pampas. El abuelo de Ceferino Namuncurá, Calfucurá, nació en la Araucanía pero solía cruzar los Andes para intercambiar mercancías. Finalmente, en 1835, estableció su dominio en Salinas Grandes, un extenso sector de las pampas al sur de Buenos Aires. Ahí formó una confederación de tribus indígenas capaz de negociar con los argentinos hispanos períodos de paz que se alternaban con sorpresivos y violentos ataques a las estancias, los muy temidos malones en los cuales los indígenas se llevaban caballos, vacunos y cautivos. A medida que se expandía la población hispánica y la industria ganadera se extendía hacia el sur de las pampas, aumentaban también las presiones para reprimir los ataques de los indígenas insumisos. La confederación de Calfucurá se defendía sacando provecho de las disputas internas que en ese momento dividían a la Argentina hispánica, pero una vez que concluyeron las guerras civiles, el gobierno federal resolvió utilizar toda su fuerza para reprimir a los indígenas. En 1872, las tropas federales los obligaron a replegarse al desierto patagónico. Calfucurá murió el año siguiente y su hijo, Namuncurá, fue elegido como sucesor de su padre para encabezar la confederación indígena. Manuel Namuncurá, el padre de Ceferino, continuó la política de resistencia de su padre, y atacó a las fuerzas argentinas hasta que el general Julio A. Roca llevó a cabo la “Conquista del desierto” en 1879, una campaña militar cuyo fin era subyugar a los indígenas y relegarlos al sur del Río Negro. Tras una serie de violentas batallas con las fuerzas argentinas, y la muerte o captura de muchos miembros de su tribu, Namuncurá huyó a la Cordillera con un reducido número de familiares. Replegado en el lado occidental de los Andes, durante un malón en el pueblo de Lonquimay, Namuncurá raptó a una joven mestiza, Rosario Burgos, que pasó a ser su tercera esposa. Por más de cinco años vivió en las montañas, y después de presenciar la rendición final de los araucanos ante el coronel chileno Gregorio Urrutia en Villarrica en 1883, Manuel Namuncurá regresó a la Patagonia para rendirse ante el ejército argentino. A cambio de la paz, a Namuncurá se le ofreció una pensión vitalicia, tierras en las riberas del Río Negro, y el rango de coronel del ejército argentino.

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En junio de 1884, luciendo las charreteras y botones de bronce de un coronel, Manuel Namuncurá viajó a Buenos Aires junto a Rosario Burgos y otros miembros de su familia. En la capital argentina visitó el Congreso y se reunió con el presidente Roca en la Casa Rosada para exigir los títulos de las tierras en Chimpay, donde su tribu se había asentado. Se cuenta que Roca halagó a Namuncurá llamándolo “tigre”, ante lo cual Namuncurá habría contestado rápidamente, sin la ayuda de su lenguaraz: “Yo, tigre; pero vos, león”. Durante los siguientes dieciséis años, hasta que el gobierno argentino le quitó sus tierras, Manuel Namuncurá vivió junto con su familia en Chimpay, y fue aquí donde nació Ceferino, el tercer hijo que tuvo con Rosario Burgos, el 26 de agosto de 1886. Cuando los misioneros salesianos pasaron por el asentamiento indígena dos años después, Namuncurá, aun siendo polígamo como sus ancestros, permitió que los padres bautizaran a su hijo y le dieran el nombre del santo cuya fiesta se celebraba el día de su nacimiento, San Ceferino. El niño pasó su infancia en Chimpay, donde demostró las habilidades que se esperaban de un hijo de cacique: llegó a ser un jinete consumado, y aprendió a cazar guanacos con el lazo y las boleadoras. Según la leyenda, en 1897 Ceferino le pidió a su padre que lo llevara a Buenos Aires para educarse y así ayudar a su gente. Como hijo de un oficial del ejército, Ceferino tenía el derecho de matricularse en los Talleres Nacionales de la Marina y estudiar carpintería, pero el niño fue muy infeliz en ese lugar y al poco tiempo un destacado sacerdote salesiano lo ayudó a ingresar al colegio de la orden en Buenos Aires. Ceferino adquirió ahí el conocimiento del español, una cuidada caligrafía y una intensa devoción por la Virgen María. Ingresó al coro del colegio, que contaba también con la voz de Carlos Gardel. A los diecisiete años Ceferino ya mostraba claros síntomas de tuberculosis, y viajó a Italia para sanarse y mantener viva la esperanza de llegar a ser sacerdote. Fue recibido en Turín por la reina y la princesa de Saboya, y en Roma tuvo un audiencia con el Papa Pío X, a quien le obsequió un “quillango”, un manto de piel de vicuña. La tuberculosis obligó a Ceferino a abandonar sus estudios, y murió en Roma el 11 de mayo de 1905, a la edad de dieciocho años.

Ceferino y su tierra

Ceferino Namuncurá es una figura desconcertante y compleja, a pesar de la similitud de su vida con la de muchos jóvenes santos católicos. Su modelo fue Domingo Savio, alumno piadoso y abnegado de los salesianos en Turín que también murió de tuberculosis antes de los veinte años. Sin embargo, la biografía de Ceferino adquiere ribetes singulares debido a que aparece como el producto de la derrota final de los indígenas. Es difícil evitar la comparación entre la imagen de Ceferino vestido de colegial católico y las fotografías de su padre ataviado con la indumentaria de un coronel del Ejército argentino. Las primeras hagiografías de Ceferino tienen por eje la transformación del jefe de la tribu desde cacique a coronel, y luego a santo. Estos escritos sugieren que la clave de la santidad de Ceferino se halla en el contraste entre la vida nómada, violenta y pagana de los mapuches, por un lado, y la acogida a la nueva realidad política y religiosa de la Patagonia, por otro: “Más que la virtud de Ceferino me ha atraído el contraste entre el ambiente en que nació – en la pampa bárbara- y el ambiente en que vivió, la Roma de Pío X”, escribe uno de sus biógrafos en 1947. Y agrega: “En la pampa de Calfucurá y de Namuncurá, sangre, violencias, saqueos, latrocinios, corrupción, ignorancia absoluta, paganismo. En el ambiente que rodeó a Ceferino en sus últimos meses, la Iglesia de Cristo, la bondad del Santo Padre, la cultura latina y cristiana”. Casi todos tenemos hoy una visión más matizada del valor de las culturas indígenas y del poder redentor de la cultura occidental y cristiana. El biógrafo más reciente de Ceferino, el padre Ricardo Nocetti, por ejemplo, se ha esmerado por forjar una interpretación más contemporánea sobre la decisión que llevó a Ceferino a dejar Chimpay y a abrazar el cristianismo. Los nuevos escritos sobre Ceferino ponen énfasis en la continuidad, más que en los contrastes, entre su niñez en Chimpay y su estadía en Roma. En su hagiografía de Ceferino, La sangre de la tierra, el padre Nocetti recalca la capacidad del joven indígena para abarcar el mundo huinca y el mapuche sin abandonar jamás sus orígenes que tanto lo enorgullecían: “Ceferino lleva sobre sus espaldas la humillación de una raza vencida, marginada, discriminada, y el estigma de ser indígena. Pero siguió su camino de mapuche y de cristiano sin resentimiento, sin rencores, sin victimismo, caminando con dignidad hacia el destino que el Señor le preparaba”. La nueva visión de la santidad de Ceferino introduce además una revalorización de la espiritualidad mapuche, especialmente la reverencia tradicional que sienten los indígenas por la tierra. En Chimpay, los salesianos nos cuentan que Ceferino y su gente llevaban muy adentro el respeto por el mundo natural. “Ceferino mapuche (’gente de la tierra’)”, escribe el padre Nocetti, “representa un desafío para preocuparnos y ocuparnos seriamente del cuidado ambiental y la preservación de los recursos naturales.” Los salesianos se esfuerzan por establecer y divulgar una nueva apreciación de Ceferino, en parte debido al hecho de que un gran número de sus seguidores sabe muy poco de él, y en consecuencia desaprovechan la oportunidad de encontrar en Ceferino un modelo cristiano. Gran parte de la gente que asiste a la celebración tiene sólo una vaga noción de los orígenes del santo indígena, y queda claro que, a pesar de que lo llaman “el indiecito”, su origen étnico no es un factor decisivo para la mayoría de quienes escogen a Ceferino como su intercesor ante Dios. A muchos les cuesta explicar por qué son devotos fervientes de un joven indígena; sólo dicen, a veces, que supieron de él y vieron su imagen en los colegios salesianos.

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Lo que más cuenta entre los devotos de Ceferino es su reputación de ser un personaje humilde y sufrido que acoge las peticiones de ayuda divina. Las autoridades eclesiásticas reconocen que la devoción por Ceferino tiene algo poco común. Por un lado, la celebración atrae a muchos protestantes y católicos no observantes. Por otro, hay muchos devotos que no se interesan por los aspectos más formales de la fiesta: no todos participan en la procesión el domingo por la mañana, y muchos dejan de asistir a la misa final oficiada por quince sacerdotes. Un contingente numeroso acude al parque año tras año para presentar a Ceferino sus peticiones, o para darle las gracias por favores concedidos. Y aprovechan de hacer un asado, tomarse unas cervezas en el entorno del monumento y dormir bajo las estrellas. Como dice la hermana Fátima, la joven y entusiasta monja que trabaja con los jóvenes de Chimpay, la gente viene al parque, sobre todo, para “estar con Ceferino en su tierra”. El proceso de canonización de Ceferino Namuncurá avanza muy lentamente en el Vaticano, en parte porque las fuerzas políticas y clericales de Argentina se han dedicado más a promover otros casos. En 1999, Argentina tuvo su primer santo, Héctor Valdivielso, un sacerdote ultimado por mineros republicanos en la Guerra Civil Española. Durante su gobierno, Carlos Menem se reunió con el Papa Juan Pablo II para solicitarle que acelerara la causa de su candidato preferido, un sacerdote gaucho de Córdoba. Incluso los salesianos, los principales patrocinadores del culto de Ceferino, dividen sus esfuerzos entre la promoción de esta causa y las de Laura Vicuña, la joven chilena que ha sido declarada beata, y el venerable Artémides Zatti, un enfermero italiano que trabajó en el hospital salesiano de Viedma. Otro obstáculo para la beatificación y canonización de Ceferino tiene que ver con las características de sus seguidores. Muchos de ellos creen que Ceferino ya es un santo, y los tiene sin cuidado la posición oficial de la Iglesia. Por ello, no sienten la necesidad de documentar los milagros que le agradecen. Con todo, durante la celebración del año pasado un hombre de unos cuarenta años, llamado Ricardo, junto a su esposa, su suegra y sus dos hijas, se reunió con los salesianos para describirles cómo había recuperado milagrosamente la vista después de sufrir un desprendimiento de la retina. Ricardo prometió reunir toda la documentación médica necesaria para constatar el milagro, un trámite que muy pocos de los devotos de Ceferino llevan a cabo. Un milagro certificado es de capital importancia para el caso, ya que se interpretaría como la anuencia divina para su beatificación. Un segundo milagro bastaría para convertir a Ceferino en el primer santo indígena de la región. El domingo al atardecer, sentados en El Cacique, bar-restaurante-bomba de bencina de Chimpay, vemos pasar a los miles de peregrinos en sus motos, sus buses destartalados y sus improvisadas camionetas de camping, y sabemos que probablemente ninguno de ellos se dirige a Chile. No deja de extrañarnos que la figura de Ceferino – un hombre que juntó la espiritualidad mapuche con la católica, y que atrae tanto a sacerdotes progresistas como a cristianos de una fe sencilla- no haya podido renovar la tradicional movilidad mapuche a través de la cordillera. Una figura susceptible de varias lecturas alternativas, el llamado “pequeño gran cacique patagónico”, aun espera tener eco en la tierra de sus ancestros.

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